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Dicen que la envidia es muy mala. Es una experiencia que todos, en mayor o menor medida, hemos sufrido en nuestras carnes (ya sea como acosadores o como víctimas). Eso ha provocado que en todos los idiomas proliferen términos peyorativos hacia gente que menos se lo merece.
Esto nos puede retrotraer a la infancia y adolescencia cuando el chico más estudioso muchas veces era el blanco de las burlas y humillaciones de los más abusones, que en el fondo era unos amargados que usaban al más débil para intentar encubrir su complejo de inferioridad.
En España solemos conocer al estudiante más aventajado como el “empollón”, que siempre estaba “empollando”. El verbo empollar hace referencia al acto por el cual la gallina incuba los huevos para que los pollitos puedan salir del huevo en un futuro. El empollón, por tanto, es un estudiante que para poder sacar sus exámenes cum laudem pasa largas horas sentado cual gallina que empolla.
En inglés, en cambio, emplean el término nerd que apareció en la juerga estudiantil de los Estados Unidos en 1951, probablemente de una deformación del adjetivo nut, “loco”, “chiflado”.
Para concluir, el título del artículo Sobre pardillos, no iba encaminado precisamente a los empollones.
Llorenç Garcia
Aterrizamos en este negocio conscientes de que la labor del traductor requiere de continua formación al mismo tiempo que la demanda va tornándose tan compleja como el mundo laboral. Somos un equipo que explora con ahínco los recursos lingüísticos de todos los idiomas con los que trabajamos: inglés, alemán, español, italiano, francés, catalán, etc.

La llegada de la era tecnológica nos trajo algunos avances técnicos que no tardaron en incorporarse a nuestra vida cotidiana. Símbolo de esta revolución aplicada al día a día lo encontramos en el automóvil. Este instrumento de desplazamiento de nuestra vida moderna pasó a ser designado con un nombre popular dependiendo del área geográfica en la que nos ubiquemos. Los españoles decidimos llamarlo coche y en gran parte de Hispanoamérica carro.

Prácticamente, ambos términos comparten un origen casi común y en los dos casos señalan a su antecesor tecnológico: a aquel carruaje con ruedas de tracción animal que se utilizaba antaño. Ahora bien, había una diferencia cualitativa entre uno y otro. Mientras el coche tenía cuatro ruedas, el carro sólo constaba de dos. Tanto en un caso como en otro impulsados normalmente por un caballo.
La palabra coche viene del húngaro “kocsi” (carruaje de cuatro ruedas) mientras que el vocablo “carro” tiene un camino mucho más largo sobre sus ruedas. Como medio de transporte ha recorrido un trayecto muy largo a lo largo de la historia. Empezó casi desde el origen de la Humanidad. Haría falta remontarse al antiguo indoeuropeo *krsos, cuya base es *kers-, que significa correr. Luego esa palabra se deslizó en la lengua céltica como karros, que hacía referencia al carruaje de dos ruedas que se utilizaba para la guerra. A los antiguos romanos no les pasó desapercibido el invento y lo hicieron suyo bajo el nombre latino de “carrum”. Y así llegó nuestro carro a nuestro idioma. Justo tal cual ha llegado al inglés como “car”. Si bien, para hablar del carro de combate o el antiguo movido por animales emplean la palabra “chariot”, con la misma raíz que “car” o “carro”, pero por intermediación del francés antiguo “carre”.
Tras este viaje por el pasado y presente, sólo me queda desearos que la vida os vaya sobre ruedas.
Llorenç Garcia
El traductor ha de seguir una brújula interna con diferentes variables. No ha de perder de vista la adecuación al contexto, no descuidar la naturalidad y debe explorar concienzudamente los recursos lingüísticos para afilar la precisión en el mensaje.
Llorenç Garcia
Ya que en el último artículo estuvimos hablando de influencias astrales en los idiomas, voy a seguir en la misma línea esotérica para hablar de este artículo. Ahora que todavía estamos sufriendo los rigores del invierno y sus consecuencias en forma de tos, mucosidades, expectoraciones diversas, fiebres, dolores de bronquios, debilidad general y desgana generalizada, a la cabeza me viene el tema de la gripe. Pero en este caso, tomaré como punto de partida el término inglés: flu o influenza.
El término es un préstamo del italiano (con la misma forma, influenza). Esta palabra significaba obviamente “influencia”, y hacía referencia a la creencia que la gripe era una afección causada por una “mala influencia astral”. En cambio, en la lengua española la palabra proviene del francés grippe, que es un vocablo que procede del suizo-alemán grupi . Este término grupi significaba acurrucarse, que hace referencia a la postura que queremos adoptar cuando estamos bajo los efectos de esta enfermedad. Quedarse en la cama, muchas veces en posición fetal y no salir del catre para que el cuerpo pueda recuperarse y las defensas trabajen adecuadamente. Y mañana será otro día.
Bueno, ya sea por una influencia astral o por ir ligeros de ropa desafiando al frío, espero que no pilléis una gripe que os deje acurrucados varios días o que sufráis una mala influencia. ¡Abrigaos que aún queda invierno!
Últimamente cuando vemos la televisión no podemos evitar exclamar qué desastre. Nos enteramos de las cifras del paro, qué desastre. Cuando vemos que en las empresas hacen negocio reduciendo la plantilla y los que quedan han de tragar con todo lo que hay y con menos salario, qué desastre.
La raíz de esta expresión se encuentra en la creencia tan arraigada que existía en la astrología en el pasado. Nuestros antepasados tenían una fe más férrea en que todo lo que ocurría en la tierra era reflejo de los movimientos de los astros y su posición en el firmamento. Teoría que todavía cuenta con muchos adeptos, por cierto.
Pues bien, el término castellano desastre es claramente del compuesto de la lengua provenzal des- y –astre (astro), en clara referencia a que las catástrofes se atribuían a malos aspectos astrales que desencadenaban desgracias. Quizás Saturno no tenía un buen día porque se encontraba mal avenido con Marte y esta desavenencia podía provocar un terremoto o una guerra sin fin. Con el tiempo, el significado se fue extendiendo a cualquier situación de caos o desorden generalizado. Por ejemplo, la madre que entra a la habitación de su hijo y se la encuentra hecha una leonera puede exclamar qué desastre. También acabó por designar a la persona causante de dicho caos: Es un desastre de mujer. Es un desastre de recepcionista.
En inglés, usan el término disaster, con el mismo origen que el desastre español si bien en la lengua de Shakespeare se han mantenido más fieles a su matiz catastrofista. En cambio, para hablar de desorden prefieren emplear expresiones como what a mess!
En fin, en tiempos de crisis como éste uno puedo comprobar como proliferan muchos pseudo profesionales que hacen su agosto aprovechándose de la desesperación del pueblo en general para hacer su agosto. Estos caraduras se hacen llamar cartomantes, numerólogos, espiritistas, clarividentes y ASTRÓLOGOS. ¡Qué desastre!
Llorenç Garcia